Nihilismo y mentira

Minuto 93, Celta 1-5 Valencia y un sol deslumbrante en Balaídos. El partido en sí parecía una enorme mentira. Más aún cuando tras la dolorosa derrota europea ante el Gent, Nuno pronunció en rueda de prensa las mágicas palabras que traerían cola: “No hemos tocado fondo”. Y lo diría con buena intención, pero el aficionado ché se llevó las manos a la cabeza. ¿Aún no? ¿Cuándo? Los ojos corrieron al calendario. El sábado aguardaba un choque de trenes y más de uno se temió lo peor. Era la hora de arder o nacer de las cenizas.

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche contemplaba el nihilismo como el estado máximo de decadencia en el cual la existencia pierde sentido al carecer el hombre de valores que seguir. Ante este estado surgen dos vías de actuación: la pasivo-reactiva, que implica decadencia y debilidad; y la activa, que lleva al hombre a la superación y destrucción de ídolos y valores a través de la voluntad de poder. Era necesario tocar fondo, pero éste era un estado que debía ser superado. El Valencia de Nuno, envuelto en el más crudo nihilismo, ni ardió ni resurgió en Balaídos, pero le metió 5 goles a la sensación de la Liga. Por algo se empieza.

El Valencia salió al encuentro con muy buena cara

El clima algo desnortado del equipo ché en las últimas semanas hizo que el encuentro se enfocara como lo que era, una final con nada que perder. Fue esta inevitable decadencia la que dio alas al grupo, su inexorable falta de rumbo fue lo que les condujo, y su falta de juego les dio intensidad. Supieron, al menos durante los tramos más relevantes del choque, igualar el ritmo del Celta y eso pocos lo han hecho. Al comienzo del encuentro, salieron a buscarles arriba, mucho, y a correr tras robo sabiendo de la debilidad posicional local. André Gomes, por la derecha en este encuentro, comenzó a conectar con Cancelo, que hizo de extremo y enfatizó las carencias defensivas de Nolito e incluso las de Jony cuando le pisan línea de fondo.

Sin embargo, poco a poco el Celta se sacudió activando a su recurso más fiable: Orellana por dentro. El chileno sacó aguja e hilo y fue tejiendo circuitos a la velocidad del rayo en campo valencianista. El optimismo naranja se esfumaba, los córners vigueses se sucedían, se escapaba la fe. Los de Berizzo se habían asentado en campo contrario, al Valencia le faltaba aire y poco a poco sus líneas iban quedando más atrás. Pero de alguna manera, y éste fue un fenómeno que se reprodujo a lo largo del partido, un balón le cayó a Alcácer en la frontal contraria sin apenas vigilancia. Fue gol. No era lógico, pero poco cree el nihilista los designios de la razón. El tanto dio moral a los de Nuno, algo en lo que creer, y quizá fue esto lo peor. Las ocasiones celtiñas se sucedieron y pronto cayó su primer gol. Los cánticos contra Espírito Santo se oían desde Mestalla. Hasta en las miradas se percibía el segundo gol local y una derrota inminente, todo volvía a estar perdido. De nuevo, ¡en el 45! Parejo se inventó un gol irreal. Y tras el descanso, otra vez en el 45, Paco Nazario lo volvería a hacer.

Parejo y André Gomes juntos volvieron a ser la clave

Daba la impresión de que ni si quiera lo celebraban porque no podía estar pasando. Tratando de asegurar el resultado, los visitantes se echaron atrás. A pesar de una inteligente doble marca, Nolito fue ganando peso y dando aire al Celta, aunque un correoso Barragán lo secara en gran medida. Los del Toto fueron acumulando hombres en la frontal y parecía que 90 minutos iban a ser muchos para Nuno. Y otra vez, absurdo giro de guión. El cuarto gol. El Valencia había mirado a la cara a la mentira más real de la Liga y de alguna forma la convertía en aire. El Celta ha muerto, los chés lo hemos matado. Algo hay en la lógica viguesa que hace que sea tan probable una goleada en contra como una remontada, y que en todo escenario su hinchada siga vibrando.

En la izquierda valencianista se juntaron Gayá, un gran Parejo y un Santi Mina más resolutivo que el fantástico pero irregular Bakkali, y el peligro no cesó. Como identidad, el Valencia no decía nada, pero sus jugadores transmitían algo. Si le “hacían la cama” a su técnico, desde luego era a la japonesa. El Celta vivía en campo contrario, pero sólo creó ocasiones para que Domenech dejara un par de manos, como el marco, irreales. El 1-5, de un soberbio Mustafi, era inevitable. Quizá fue de los peores partidos de la temporada para los de Nuno en cuanto a fútbol, pero en dinámicas así son necesarios clavos a los que agarrarse. Quizá el aficionado esté más preocupado hoy que ayer, pero Nuno gana aire y un parón para situarse. Quizá sea pan para hoy y hambre para mañana, pero la duda y la voluntad de poder son, al menos para Nietzsche, el mejor punto de partida. El Valencia del león ha alzado la voz y era necesario. Pero aún queda mucho para llegar al superequipo.