Las lágrimas de Payet

-“No te pondrás a llorar de nuevo, ¿no, Dimitri?”, se escuchó de manera jocosa alrededor de una mesa repleta de caras sonrientes. Estamos a finales de marzo en un coqueto restaurante en la Isla de Reunión. Se han juntado los viejos amigos de Dimitri Payet para celebrar su 40º cumpleaños y tras soplar las velas, al que fuese internacional francés le da por recordar con los ojos ligeramente acuosos. Sin saber quién ha bromeado, Payet responde de manera cariñosa y melancólica.

-“¡Putain, ya estamos de nuevo con lo mismo! Sabéis que no soy de llorar. Gasté casi todas las lágrimas cuando abandoné con doce años mi pequeña Saint-Pierre, esta nuestra exótica isla, para convertirme en profesional en Le Havre. Aunque conmigo vinieron Sinama Pongolle y Guillaume Hourau, irte a vivir a miles de kilómetros de tu familia te acaba por endurecer. Pero no lloré por ejemplo cuando volví cuatro años después a casa tras haber fracasado. Sabía que iba a volver. Ni tampoco cuando se frustró mi fichaje por el PSG en enero de 2011 y fui castigado por indisciplina. Realmente, no soy de llorar”, argumentó el cumpleañero.

-“¿¡Cómo tienes tanta cara!? ¡Si te vio medio mundo cuando te sustituyeron aquel día en un partido contra Rumanía!”, le contestó uno de sus ex-compañeros del Saint Phillippe, donde el que fue mediapunta del West Ham empezó a darle patadas a un esférico.

– “¡Calla, salope bastard! Aquel fue un momento indescriptible, no pude contenerme. Con 29 años estaba debutando en una competición importante de selecciones. Precisamente, en el mismo escenario y ante el mismo país de mi debut como blue en 2010. Pero los años pasaban, no me hacía un hueco en la selección ni con Blanc ni después con Deschamps y pensé que nunca lo haría. Por suerte, los años y la familia me hicieron madurar y me junté con dos grandes entrenadores como Marcelo Bielsa en el Olympique de Marsella y Slaven Bilic en el West Ham que me hicieron crecer siendo más completo y regular. Y Deschamps volvió a confiar en mí y me llamó para la Euro”.

-“Fuiste el mejor de aquel primer partido del torneo ¿no, papá?”, inquirió su hija en una especie de asistencia para que padre, ya retirado, pudiera recordar las antiguas batallitas que tanto le prestaban.

-“Eso dijo la UEFA, pequeña”, afirmó restándole importancia. “La verdad es que yo salí llorando del campo pero inmensamente feliz. Vitoreado y ovacionado por todo Saint Denis. Fue uno de mis mejores partidos de blue. Recuerdo que no paré de moverme por la línea de tres cuartos en la segunda parte. Caía a las bandas, ayudaba en la salida de los contraataques, regateaba a cualquiera con camiseta amarilla. Y encima fui decisivo en el marcador. A pesar de ser diestro, asistí con la zurda a Giroud en el 1-0 antes del cuarto de hora de la segunda parte”.

-Sí, pero luego la lió Evra. ¡¿Cómo pudo hacer ese penalti?!, se escuchó en el reservado de una de las mejores Brasserie de Saint Denis (la capital de Reunión, no el estadio).

-“La verdad es que fue un jarro de agua fría. Stancu marcó ese penalti en el 65 y nuestro entrenador, además quitó a Griezmann primero y luego a Pogba, las dos estrellas del equipo. A pesar de que Kanté no paraba de robar balones y estábamos pisando campo rival constantemente, no había manera de superar a un equipo que entre Chiriches, Grigore, Pandurii y Hoban habían sellado la zona central ayudado por todos los hombres de banda. El Stade de France nos animaba, pero la posibilidad del empate en el debut de “tu” Eurocopa cada vez era más plausible”.

Esta vez le contestaría en tono burlón un compañero del AS Excelsior, equipo de la isla localizada al este de Madagascar al que Payet volvió tras el primet intento de asentarse en el fútbol francés continental: “Venga, llorón, cuéntanos de nuevo esa jugada por milésima vez. Por ser tu cumpleaños se te perdona”.

Después de sonreír, Payet cerró los ojos levantando ligeramente la cabeza y recordó paso a paso lo que ocurrió en aquel minuto 89.

-Para entonces ya estaba siendo el mediapunta del equipo por detrás de Giroud. A mis costados tenía a dos petitsuisse con Martial y Coman, que ya por entonces pisaban fuerte. Recibí de espaldas tras una nueva recuperación de Kanté, me giré y, ante la presión de dos, conseguí abrir a la derecha donde estaba Coman. El del Bayern verticalizó, abrió más aún ante Sagna que le doblaba, pero no podía centrar ante la presión de Rat y la retrasó de nuevo para Coman. Éste repitió secuencia para Kanté y el pequeño pulpo con el 5 a la espalda me vio libre en el pico izquierdo del área. Sabía que no tendría mucho tiempo. Controlé con la derecha y cuando vi que Hogan y compañía venían a por mí enseñando los dientes, solté un latigazo con la zurda que encontró la escuadra larga de Tatarusanu. Saint Denis, París, Francia y, por supuesto, la isla Reunión celebró conmigo aquel 2-1 que ya fue definitivo. Uno de los momentos más felices de mi vida, sin duda. Además, nos sirvió para, además de empezar el torneo ganando, conectar mejor con la afición. Después de ese partido…

Rodeado de su gente, después de cenar para celebrar su cuarenta cumpleaños, Payet siguió narrando lo que ocurrió en el lejano junio de 2016. En aquella Eurocopa de Francia donde él fue el primer héroe.