Moneyball, Nervión rompe las reglas

“Este es Chad Bradford, un lanzador relevista. Es uno de los peloteros más subestimados del béisbol. Su defecto es que lanza raro. A nadie en las grandes ligas le interesa porque se ve raro. No sólo puede ser nuestro mejor lanzador sino uno de los mejores relevistas de la historia. Debería costar tres millones al año. Lo podemos conseguir por 237.000.”

Qué abstracto es el trabajo de un director deportivo. Tener que ojear a cientos de jugadores, estudiar variables tan confusas como numerosas, manejar tanta incertidumbre. Puede que estés convencido de que un chico es el nuevo Messi, pero naufragar estrepitosamente porque era bielorruso y no supo adaptarse al calor de Almería. Apostar por traer a Manchester al mejor defensa de Portugal y verlo consumirse entre las dudas que genera cuando le expulsan en sus dos primeros partidos. No hay fichajes seguros. No hay un método que asegure el éxito. Aunque eso mejor que no se lo digáis a Billy Beane, el gerente de los Oakland Athletics, a quien en Sevilla conocen como Monchi.

Billy fue un jugador de béisbol profesional que hoy se habría supuesto un disgusto a sí mismo como director deportivo. Cuando era joven, el consenso sobre su potencial era una realidad tan definida que terminó apoderándose de sus objetivos. Ese chico llegaría lejos. Había que hacerse con él. Pero, para su desgracia, los expertos fallaron y la voracidad con la que las expectativas se comieron sus sueños le hizo vagar por varios equipos norteamericanos hasta que aterrizó en los Oakland Athletics, donde comenzó a interesarse por el scouting. Tras varios años como ojeador, en octubre de 1997 Billy Beane era nombrado director deportivo de los Oakland Athletics y nada volvería a ser igual. Pero a Sevilla, una ciudad con la pasión por bandera, la leyenda de este hombre llegó con un guion ligeramente diferente. Algunos cuentan que desde que Ramón Rodríguez Verdejo debutó con el Sevilla, se intuía que su habilidad para defender la meta hispalense le traería noches de gloria en el Ramón Sánchez Pizjuán. Los más agoreros contaban que pese a sus problemas para rendir, no había jugador en el campo que demostrara más coraje ni más sacrificio para poner a su equipo a la altura que merecía. Pero si hay algo en lo que todos coinciden, era en que el amor que Monchi sentía por ese club, por esos colores, no tenía parangón. Y unos años más adelante, cuando se retiró como jugador y comenzó su andadura como director deportivo de un equipo por entonces en Segunda División, ese club que tanto sentía en sus entrañas le iría devolviendo toda esa devoción año tras año, con el cariño de una hinchada que nunca podrá pagar la deuda que ha contraído con él. Una deuda conseguida a base de éxitos.

Si tratamos de jugar como los Yanquis aquí dentro, los Yanquis nos van a ganar allá afuera.

Es difícil destacar sin hacer algo distinto a los demás. El éxito de Monchi en la dirección deportiva debía radicar en hacer algo diferente. Algo especial en un mundo donde nada te garantiza el éxito. Nunca podría sentarse con un jugador y decirle “Ven conmigo que triunfarás”, o sentarse con el presidente y decirle “Si traes a éste, ganaremos”. Sabe que es imposible. Lo que sí podía hacer era aumentar al máximo las posibilidades de que eso sucediera, y para ello necesitaba un modo. Un camino por el cual sus decisiones fueran más acertadas que las de los demás. Expertos que, por lo menos, llevaban años haciéndolo mejor que ellos. Y así nació el Método Monchi.

Los primeros años marcaron la línea que seguiría la política de fichajes del club hispalense. A su llegada, las limitaciones económicas de la división en la que se encontraba el Sevilla fueron determinantes. No podían fichar como los grandes. Tenía que construir un equipo que lograra el ascenso a la categoría reina del fútbol español a coste cero, y junto con Joaquín Caparrós consiguieron el objetivo. El banco de jugadores al que podían aspirar se redujo ostensiblemente desde el primer minuto en el cargo, pero eso no influyó en el resultado final. Había probado su valía a la primera oportunidad que le dieron, con el crédito que eso supondría para el corto plazo. Pero, sobre todo, había dejado constancia de su mayor virtud como decisor, la rentabilidad. Comprar barato y vender caro. El abecé de todo empresario, intensificado por las necesidades financieras del Sevilla. Y lo más importante no era que consiguiera triplicar el valor de los jugadores que traía. No le gustaba hablar de su entidad como un club vendedor. Lo verdaderamente importante consistía en que este proceso sólo era una consecuencia provechosa de su auténtico propósito: traer a los jugadores adecuados para que el Sevilla ganara. Tan simple y tan complejo como eso.

“Tiene toda la información para predecir a los jugadores. Se trata de reducir todo a un solo número. Leyendo las estadísticas a nuestro modo encontraremos valor oculto en los jugadores. Se descarta a mucha gente por prejuicios y defectos imaginarios. Edad, apariencia, personalidad.”

Billy estaba obsesionado con encontrar las gangas que ofrecía el mercado. No las que todo el mundo gritaba a los cuatro vientos, mediáticas y subjetivas, sino sus propias gangas del mercado. Para identificarlas, utilizaba un método desarrollado por él consistente en valorar aptitudes y ponerles un precio. Si podían conseguirlo por menos de lo que valía según sus cifras, era un objetivo. Si, en cambio, su trabajo determinaba que estaba sobrevalorado, se descartaba. Ya podía ser el capitán del mejor equipo o tener fama de fiestero. Sólo importaba el análisis de las variables que habían estudiado. El que se embasa bien, dentro. El que batea mal, fuera. Lo demás eran circunstancias irrelevantes que el mercado rechazaba y le ofrecían una oportunidad única para fichar a coste bajo. Por eso apuesta por un desconocido lateral brasileño de diecinueve años llamado Daniel Alves, o ficha a un desahuciado centrocampista argentino conocido como Éver Banega, porque son jugadores que han pasado por un intensísimo análisis de sus cualidades y él, junto con su equipo de ayudantes, ha decidido que hay valor oculto en ellos como para recuperar la inversión en forma de victorias. Incluso de dinero.

Jugadores descartados, de ligas semidesconocidas, canteranos, promesas, cedidos. Todos los que llegaban a Nervión tenían el valor oculto necesario para superar el Método Monchi, y aunque no siempre acertaba, su mayor ratio de éxito tanto individual como colectivo empezaba a encender las alarmas de muchos directivos, aficionados y periodistas. Cualquiera de ellos habría parado la mitad de las operaciones por ir a ocupar puestos titulares con nombres que algunos ni conocían, pero él no. Estaba corriendo el riesgo de ser fiel a su idea, y el fútbol le premiaba. En el año 2001 había cogido a su equipo en Segunda División y en 2006 estaban levantando el título de la UEFA con un once liderado por dos de sus apuestas personales como Luis Fabiano y Kanouté. Siguió trabajando para suplir cada baja que tenían y tras revalidar el título al año siguiente, el Sevilla estaba de vuelta entre los mejores equipos del continente en un tiempo récord. Su nombre empezaba a destacar con luz propia, en un puesto que por entonces no tenía la fama de la que goza ahora. Pero Monchi tenía una cita con la historia en los años 2014, 2015 y 2016. Necesitaba una marca que significara el éxito absoluto de su método, por encima de todo. Un hito a la altura de unos pocos elegidos, que perdurara años y años sin ser batido. Y el Sevilla, con tres plantillas diferentes diseñadas con su método, conquistó la UEFA Europa League tres años consecutivos, proclamándose además como el equipo con más títulos de esa competición en todo el mundo. Una racha que siempre demostraría la validez del Método Monchi.

Pese a no jugar un buen papel en la Champions League la temporada pasada, después de tantos éxitos muchos han sido los que han llamado a las puertas del despacho de Monchi para tentarle con suculentas ofertas. Era imposible que su éxito pasara desapercibido a las fortunas de los gigantes del fútbol. Y pese a que últimamente se lo esté pensando por el cansancio acumulado de más de quince años trabajando a este nivel, él nunca ha decidido dejar al Sevilla. Rechazó dinero, rechazó ciudades y rechazó proyectos donde contaría con un presupuesto mucho mayor para realizar sus fichajes. Siempre dice que su futuro está en las gradas del Sánchez Pizjuán con su bufanda, y no en un despacho de cualquier otro lugar. Gracias a su propio trabajo, tampoco necesita irse de su equipo para contar con un presupuesto cada vez mayor. Su última joya parece ser un ítalo-argentino llamado Franco Vázquez, aunque él siempre ha sido de sorprender con el rendimiento de otro jugador menos conocido a mitad de temporada. Ben Yedder, Sarabia y Correa esperan su oportunidad. Lo que sí parece demostrado es que Billy Beane optó por un método arriesgado, poco convencional y que, como todos, no asegura el éxito en ninguna ocasión. Pero si hoy en día todos han decidido mirar a Nervión para elogiar sus métodos o para asimilarlos, será que tal vez, en un trabajo con tanta incertidumbre, él ha conseguido acertar.