El momento perfecto

Ahora es el momento perfecto. Al menos, lo parece. Mientras finiquita un perfectible café de máquina, pidiendo paciencia a quien esperaba delante del objetivo, ha sentido encontrar la coyuntura que buscaba. Minutos atrás pensó que había desaprovechado oportunidades realmente buenas, pero la luz del sol, la postura y mirada del sujeto no eran las idóneas. No era el momento. Ahora, sí. Ernesto alza la cámara, inspira lo suficiente como para aguantar sin moverse, apunta al modelo y toma la foto definitiva.

Dicen del nuevo entrenador del Fútbol Club Barcelona que es de perfil bajo. Un tipo normal. Aunque no siempre fue así. En el pasado, sus compañeros le apodaron “el raro” pues no era normal que un futbolista llevase un libro para los desplazamientos, tuviese amigos escritores o directores de cine, escribiese artículos en un diario de tirada nacional y tuviese la fotografía como su mayor hobby. ¿Qué futbolista de Primera División iba a estudiar en el Institut d’Estudis Fotogràfic de Catalunya a finales de los 80? Si solo hubo uno, ese fue Ernesto Valverde (Viandar de la Vega, 1964).

A sus 26 años se graduaba en su curso de fotografía, a la par que finalizaba la primera etapa de su vida en la Ciudad Condal. El cacereño criado desde los dos años en el barrio vitoriano de Adurtza, había llegado cuatro años antes a Barcelona. El Espanyol, entonces, apostó por un extremo que no había debutado aún en Primera -incluso fichaba desde Segunda B-, pero del que Javier Clemente tenía referencias suficientes. Dos años en el Deportivo Alavés y un buen año en el Sestao, entrenado por Javier Irureta y donde conoció a Jon Aspiazu, su actual asistente, bastaron al entrenador espanyolista. “Soy un extremo ambidiestro que busco el gol” se autodefinía en su presentación como perico, dos años antes de repetir el acto en la casa del vecino.

“Además de mirar por el grupo, el jugador tiene que tener la ambición por sobresalir, de significarse a sí mismo. En el fondo, los grandes campeones son gente que tiene un alto concepto de sí mismo y que quiere estar por encima del resto. Eso hay que administrarlo. En la gestión del grupo radica gran parte del misterio de que un equipo funcione o no. El grupo tiene que ver que tú le vas a ayudar a ser mejores. Y en eso los jugadores son muy inteligentes. En el mismo momento que entras en el vestuario ya te están examinando y valorando”, E.Valverde*.

Para que Johan Cruyff pidiera su fichaje, el vasco de adopción que no llegaba al metro setenta había tenido que completar un tercer puesto en su primer año de perico y perder, en 1988, la primera final europea de su carrera de una manera cruel. Todo iba de cara: 3-0 en la ida la Copa de la UEFA, apareciendo Valverde en cada tanto espanyolista con asistencia a Losada incluida. Sin embargo, en la vuelta, Ernesto, desde la grada del Ulrich-Haberland Stadion, presenció como el Bayer empataba en la segunda parte y conquistaba el trofeo desde la tanda de penaltis.

Dichosas tandas de penaltis. Aparecerían más veces en la experiencia vital del viandareño. A veces para sonreírle, como en la Nike Cup ganada dirigiendo al Cadete del Athletic o aquella estrambótica final helena en la que se necesitaron 34 penaltis para que Olympiacos, que acabó con 8, le ganase al AEK de Atenas tras un 4-4. Pero muchas otras veces, para amargarle.

Como las semifinales coperas ante el Betis como primer técnico del Athletic en su primera etapa, o en los cuartos europeos ante el Sevilla, en la segunda. O, sobre todo, como en otra final de la UEFA perdida por el Espanyol, esta vez con el Txingurri sentado en el banquillo del escocés Hampden Park.

“El trabajo es más que excelente. Aparte de los resultados, si ves jugar al Espanyol da gusto y esto en los últimos años no ha sido así. Me alegro mucho de que haya gente como Laudrup, como Rijkaard, como él que intentan hacer disfrutar a la gente; porque el fútbol es para esto”, Johan Cruyff sobre la etapa de Valverde en el Espanyol (2006-2008).

Porque el fotógrafo mitad extremeño y mitad vitoriano, había decidido en sus últimos partidos que sería entrenador al colgar las botas. Tras dos años sin suerte por las lesiones en Can Barça, vivió sus mejores años en el Athletic (188 partidos y 50 goles entre 1990 y 1996) junto a técnicos como Jupp Heynckes, Iñaki Sáez o Irureta y Clemente de nuevo, con una internacionalidad incluida ante el padre de Eidur Gudjohnsen, para capitular en el Mallorca que buscaba ascender de la mano de Víctor Muñoz (96/97).

Con 32 años, y ya con el apodo de Txingurri acompañándole, cambió el balón por la pizarra y, como buena hormiga (Txingurri en euskera), trabajó en verano para llegar bien al invierno. En Lezama, Valverde tocó diferentes estamentos del club bilbaíno antes de ser el líder de un proyecto: fútbol base (1997-2000), segundo entrenador (2000/01 con Txetxu Rojo), adjunto de Zubizarreta en la secretaría técnica (2001) y entrenador del filial, con Iraola y Aduriz en la plantilla, con el que jugó la promoción de ascenso a Segunda. Entonces, su amigo Zubi pensó que para suceder a Jupp Heynckes, la apuesta lógica era la hormiga que había subido paso a paso cada peldaño.

“Los colectivos admiten muy bien las individualidades que te solucionan las cosas. Porque les beneficia. Y eso, al final, el colectivo lo incorpora como una fortaleza suya. Los jugadores que son buenos siempre encajan y el grupo intenta asimilarlos. Es difícil que el vestuario no aglutine al jugador que marca las diferencia”, E. Valverde*.

Agosto de 2003. El viejo San Mamés se prepara para el estreno de Liga en un clásico que enfrentaba a dos nuevos proyectos: el de Ernesto Valverde contra el barcelonista de Frank Rijkaard. El encuentro engañó en el resultado (0-1), pero no en lo que podría ofrecer un equipo que acabaría 5º, olvidando la pronta eliminación copera ante la Gimnástica de Torrelavega, y sellando el pase a UEFA. En la segunda campaña, en la que el Athletic cambió de presidente, la Copa (eliminatoria ante el Betis antes citada) y la UEFA (hasta 1/16 contra el Austria Viena), distrajeron al equipo que acabó 9º. Lamikiz, el nuevo presidente, opta por no renovar a Valverde.

Tras un año sabático, llegaría su proyecto en el Espanyol, que abandonó por problemas con los líderes en el vestuario y tras llegar a otra final de UEFA -2008- perdida en los penaltis en una edición en la que no perdió ningún partido superando a Ajax, Benfica, Werder Bremen, entre otros. Enlazó Barcelona con Atenas donde triunfó (3 ligas y 2 copas) en dos etapas distintas (2008/09 y 2010/12) con el Oympiacos, entrecortadas por su peor año como técnico. Fue en el Villarreal post-Pellegrino cuando, a principios de 2010, fue cesado por la irregularidad de resultados (10º, después de haber sido colista, pero vivos en Europa). No obstante, los títulos al volver a Grecia y el 72% de victorias en un club tan mediático y exigente como el del Pireo, aparte de servirle para completar su libro fotográfico (Medio Tiempo, 2012), le devolvieron el crédito en España.

“Heredó el Villarreal de Pellegrini sin miedo. Quiso cambiar la idea de juego, pero los futbolistas no lo asimilamos ni asumimos sus ideas. El problema fue nuestro porque no supimos asimilar lo que nos transmitía ni variar el estilo. No tuvo nada que ver con él”, Joan Capdevila, ex-jugador del Villarreal.

Agarra en diciembre de 2012 un Valencia turbulento, que había de ser de Pellegrino y lo endereza llevándole de un 12º puesto a un meritorio 5º. Teniendo en cuenta la inestabilidad del club valenciano, que da la cara ante el PSG en octavos de la Champions y que los ches pierden la plaza de la siguiente edición del torneo en la última jornada ante el Sevilla, con uno menos (4-3), su etapa ha de ser considerada positiva. En club valenciano quería que siguiese, pero Valverde aun valiente, pues había aceptado irse a Atenas, reemplazar a Pellegrino en el Villarreal e iba a hacer lo propio con Bielsa en el Athletic, también es sensato. El equipo de su vida volvía a requerir sus servicios y las cosas en Mestalla tomaban un cariz peligroso.

En su última etapa en el Athletic Club, quien escribe las charlas para guionizarlas conseguiría llevar al club rojiblanco a una edición de la Champions League eliminando al Napoli en la previa; no bajar del 7º puesto en sus cuatro años; ganar una Supercopa de España al Barcelona del Triplete, tras haber perdido una final de Copa ante el mismo rival; y convertirse en el entrenador con más partidos de la larga historia del equipo vasco con más de 300 partidos. Es un mito “muy normal” en Bilbao.

“Te tienes que adaptar [a la plantilla], claro. Depende de los jugadores. No para definir cómo vamos a jugar, porque nuestro estilo está más o menos marcado, pero sí en determinadas cuestiones. No es lo mismo tener a Iraola de lateral derecho que a De Marcos. No es lo mismo tener a Herrera por dentro que no tenerle. El año que nos metimos en Champions teníamos mucho juego interior, con Muniain y Herrera dominábamos el juego. Ahora [2015/16] atacamos más a los espacios, también porque tenemos a Iñaki Williams o Sabin. La fisonomía cambia y yo me tengo que adaptar”, E.Valverde*.

Curriculum suficiente como para que Zubizarreta propusiese su nombre en la comisión barcelonista. Tras varias negativas y acercamientos, quien fuese galardonado con el Premio Ramón Cobo como mejor entrenador de la Liga 2013/14 por los de su gremio, se convirtió en el técnico del Barcelona tras sentir haber acabado su etapa en Bilbao y ver como Luis Enrique no continuaba en él, erróneamente llamado por Ernesto, Nou Camp. No en vano, su libreto es acorde a la idiosincrasia culé.

Por qué ahora, le preguntarán al fotógrafo. Si justo ahora quien será tu máximo rival parece haber iniciado un ciclo triunfal de manera contundente. Y el Txingurri contestará que si alguna vez han sorprendido a una hormiga con miedo. Una hormiga solo se dedica a trabajar durante el verano para el duro invierno, ignorando lo que hacen las cigarras. Quizás Ernesto acepta ahora porque siente que es el momento perfecto. Aunque no lo parezca.


  • Las frases están sacadas de la entrevista a Ernesto Valverde en el número 51 (abril de 2016) de la Revista Panenka.
Foto de portada: David Ramos - Getty Images