El mapa de Carles Aleñá

Carles Aleñá es el último centrocampista producido por La Masia en pisar el primer equipo. Lo ha hecho, además, en un momento especialmente cuestionado en can Barça en relación a ambas cuestiones: tanto a propósito de la conexión de acceso que puedan tener los jóvenes del filial para jugar con los mayores, como también acerca del propio sentido que debe adquirir la medular en el equipo azulgrana. Después de tres años en los que, a las órdenes de Luis Enrique, el F.C. Barcelona ha priorizado aspectos como la conducción y la verticalidad a la hora de reformular el significado de su zona ancha, el nuevo ciclo se presenta como la renovada oportunidad de concebir el centro del campo culé de una nueva (antigua) forma. Pese a su, a priori, importancia relativa, a las expectativas de un curso disputado en su mayor parte con el segundo equipo, y a lo lejos que en teoría estará de la suerte final que tengan las batallas por las que competirá el conjunto de Valverde, lo cierto es que la figura de Carles Aleñá encierra buena parte tanto de la reciente evolución como de la disputa interna que contra sí mismo libra actualmente el Barça.

Juvenil por categoría, veterano por personalidad y pieza fundamental del segundo equipo por rango, el canterano se ha mostrado en su última fase de formación, hasta la fecha, como una obra híbrida entre las esencias más típicamente identificadas con el modelo de juego de su club, y el camino alternativo tomado a lo largo de las últimas campañas. Es un interior del Barça del pasado, adaptado a las constantes del que ha sido, hasta ayer, presente. Vertical, tendente a la corona del área y con un físico y una técnica perfectas para atravesar líneas rivales por medio de la conducción, Aleñá hasta el verano se había mostrado como un interior más dado al transporte y la definición que al orden. Un golpeador de enfocada influencia hacia los metros finales. Así pues, aun capaz de contactar con el balón a la misma altura que el mediocentro de su equipo, la tendencia del de Mataró era la de enfilar el camino más rápido en dirección al último escalón. Una senda aclarada por su ubicación como interior a pierna cambiada -siendo zurdo, en el Barça B prácticamente siempre actuó como interior derecho- y con desembocadura en el cambio de orientación, el quiebro, el disparo lejano y el último pase. Un centrocampista, pues, de generoso recorrido vertical que esquivaba las dificultades del perfil cambiado a la hora de orientar la recepción en la base de la jugada, con el escaso nexo con lo que en esta zona del campo acontece. Un interior para marcar más la diferencia arriba que el ritmo abajo.

La pretemporada culé, sin embargo, ha traído noticias al respecto del canterano, y es que enrolado en la nueva nave de Ernesto Valverde, el futbolista catalán ha disputado la mayor parte de sus minutos en su lado más natural, como interior izquierdo. Un perfil a partir del cual despejar la perspectiva y ganar amplitud en la acción. Sin la misma efusividad en la invitación de buscar el regate y el corte hacia el área, y una mayor y mejor orientación a la relación con los cercanos. Un matiz posicional como empujón para adentrarse en la sala de máquinas y conocerla mejor. Para pausarse, mirar a los lados y ver a su fútbol desde un nuevo punto de vista distinto en el que añadirle capas. Bien para girar más pronunciadamente el timón y cambiar el rumbo de su destino, o simplemente para enriquecer su juego desde la entrada en contacto con zonas, situaciones y necesidades que recientemente no había frecuentado. Como un mapa, oculto en un canterano, que el Barça quiere guardarse la opción de desplegar.

– AUTOR: Albert Morén (@EUMD)