Sampaoli empatado

La selección de Argentina vive momentos duros. Tres técnicos diferentes y tres finales en tres años explican una realidad difícil de narrar por las diferentes aristas que esconden. Hay tantos mimbres como taras psicológicas tras una prórroga y dos tandas de penaltis en un grupo que no ha aprendido a ser ganador. Porque cada partido lo juegan contra dos rivales: el propio adversario y uno mismo. A veces, uno mismo es el mayor problema para avanzar.

Jorge Sampaoli, el último en aceptar la silla caliente, debutó oficialmente con dos empates (Uruguay y Venezuela) en el camino al Mundial. Un sendero que no está del todo claro para la bicampeona ya que, faltando dos jornadas, cuenta con siete países con opciones para conseguir los cuatro billetes que otorga la CONMEBOL (uno, con paso previo en Nueva Zelanda).

El técnico de Casilda tuvo que hacer frente a dos planteamientos reactivos, tanto en Montevideo como en Buenos Aires. Más allá de las diferencias de sistemas (4-4-2 en Uruguay y 4-5-1 que era 4-3-3 atacando en Venezuela), los problemas que plantearon Tabárez y Dudamel fueron similares. Acumulación de hombres por el centro, basculación equilibrada y rapidez para buscar los espacios. Ambas selecciones, la segunda y la colista de la liga de clasificación sabían de antemano que el control del esférico no les iba a pertenecer, por lo que decidieron entorpecer y espesar tal dominio.

Más allá de los obstáculos rivales, lo que menguó realmente las posibilidades de Argentina ante Uruguay fue la propia albiceleste. Es un problema que de los tres centrales, quienes sin balón aportan una muy buena red de seguridad, no salga ninguno en conducción. También lo es que tu doble pivote la pida siempre al pie y nunca rompa línea con sus movimientos o pases. Porque esto lleva a que uno de tus mediapuntas (Messi) tenga que llegar hasta el círculo central a intentar generar ese pase que rompa líneas.

Se complica aún más cuando uno de tus carrileros, los únicos que generan amplitud en un equipo que junta a ocho futbolistas por dentro, juega a pie cambiado y olvida que es necesario que no participe y se quede bien abierto. Una hora duró el experimento de Acuña, zurdo, en la derecha. Si encima, el otro carrilero, a quien más veces encuentras está tan desacertado como estuvo Di María, la dificultad aumenta. Finalmente, la guinda la  del todo cuando limitas el radio de acción a uno de tus mejores hombres (Dybala), alejándole de su habitat natural (banda derecha) y encerrándole en el corazón de la frontal rodeado de dos guardianes como Giménez y Vecino.

Correcciones ante Venezuela

Sin embargo, Sampaoli, entrenador en toda su palabra, aprendió y eligió mejor ante Venezuela. Teniendo en cuenta de que el nivel venezolano es inferior, al menos defensivamente, al uruguayo, la realidad es que Argentina mejoró su versión en casa ante la colista. Como se aprecia en la infografía superior se apreciaron tres cambios de nombre y uno de sistema. Mascherano le dio más opciones de conducción y, sin ser un virtuoso, de capacidad para romper líneas con el pase (ocasión de Icardi en el minuto 7); el carrilero derecho era diestro; y Banega, jugando como interior izquierdo y rompiendo el doble pivote desde los primeros minutos, ayudaba a ganar altura, daba más oxígeno a Messi o Dybala (intermitentes en sus puestos) en el otro perfil y suponía un mejor socio con quien combinar. Y encima Di María sí estaba ofreciendo el nivel que se le presupone.

No obstante, si algo puede salir mal en Argentina, saldrá peor aún. Si tu delantero está en un gran momento goleador en el Inter, con Argentina le costará el doble aprovechar las oportunidades. Si Di María está siendo un factor diferencial ante un pobre Víctor García que no puede frenarle, el del PSG se romperá antes de la media hora. Y si tu rival tiene una ocasión, por desafortunada que sea (a veces, si tu equipo está descolocado, es mejor replegar tras pérdida que presionar), la aprovechará.

Por fortuna para Argentina, depende de sí misma para estar en Rusia y, se recalca, que soportes, talento y entrenador tiene de sobra. Y además, tiene a Messi. En realidad, puede que todo se solucione cuando se atreva a mirarse en el espejo y reconozca que sigue siendo guapa a pesar de las cicatrices de guerras pasadas. Cuando acepte que el pasado, por muy doloroso que fuese, sirve de base para alegrías futuras si se aprende de él. Cuando vea que su grandeza no se mide en cobre, plata y en estrellas bordadas encima del escudo, sino que es el propio escudo y todo lo que significa lo que aporta la grandeza.

Foto de portada: Juan Mabromata - AFP -Getty Images