El único final posible

Es una narrativa algo sobreexplotada aquella de la grandeza del Real Madrid en la Copa de Europa y cómo ha ido conociendo todos sus trucos y sus reglas para moldearlos a su gusto y conveniencia. Pero no por ello es menos válida. Tras una temporada algo más que trastabillada, en el día D, el Real estaba más convencido que nadie de que ganaría, y convenció de lo propio al PSG. Y aunque creamos que viene de una larga historia, esto no siempre ha sido así, ni mucho menos. Cuando Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos y Marcelo aterrizaron en Madrid, jugar con la camiseta blanca implicaba que ganar era el objetivo pero que rara vez se alcanzaba. Siempre sucedería algo que alejaría al Madrid de súbito de lo que debían obtener sin resuello. Eso ahora le ocurre al PSG. Al Real ya no. Un elenco de jugadores único ha creado su propio mito en base a su propia calidad y grandeza, y son ellos a la vez héroe, juglar e infante maravillado. Y la sombra es cada vez más alargada. Lo vimos anoche en el partido de Casemiro, Lucas y Asensio. Son parte de la fábula. Cuando llega el día D, el Madrid es capaz de todo.

La apuesta de Zidane fue ganadora

Zidane apostó por el sistema que le ha venido refrescando las sensaciones ganadoras a su equipo en las últimas semanas: el contragolpe. Y lo apostó todo. Su 11 no acogía pasadores con los que pararse en campo contrario, probablemente el arma que más daño causó al París en Madrid. Buscando entorpecer la salida parisina y mantener controlada la velocidad de los atacantes galos, el Madrid se hacía enormemente largo, separando muchísimo las líneas sin ejecutar una presión muy intensa pero mordiendo las recepciones interiores. El PSG, por su parte, no parecía tener un rumbo de actuación claro. El balón llegaba más o menos limpio a Motta y algo más trabado a sus interiores, pero a partir de ahí la cadena de acción se antojaba inconexa.

Lógicamente, un equipo diseñado por y para la libertad de movimientos de Neymar echó de menos a su estrella. El inmenso vacío en zona de tres cuartos que dejaba el Madrid rara vez era aprovechado. Fueron Mbappé primero y Di María después los únicos en dar el salto hacia el centro, pero casi siempre en conducciones o triangulaciones previsibles en las que el doble pivote blanco tenía tiempo de sobra para tapar espacios. Si el balón traspasaba esa red, Ramos y sobre todo un Varane atentísimo saltaban al corte y despejaban sin contemplaciones. Dani Alves ayudó en cierta medida a los suyos a sumar pases en campo contrario y desarticular la presión madridista, pero no dejaba de ser un arma de doble filo.

Cada robo del Madrid era, como pudo prever su entrenador, una ocasión de gol. Destacó sobremanera Kovacic lanzando, pero también Lucas interpretando el juego (algo que poco se destaca de él) y los toques de Cristiano y Benzema fuera del área. La transición defensiva parisina fue caótica cuanto menos y no existía ni un conato de presión apreciable. Cada vez que los de Emery atacaban chocaban contra un muro comandado por Casemiro que no les permitía siquiera sentir la adrenalina del peligro. Y cada vez que defendían se mascaba la tragedia de la fábula.

Cristiano Ronaldo tiene 33 años

El desenlace del partido fue el único que pudo tener. Cristiano Ronaldo demostró a sus 33 años no ya que conozca esta competición como nadie, que no es poco, si no que hay muy pocos que sean tan buenos como él. El Real Madrid tiene a varios de los mejores jugadores de Europa y a veces se nos olvida. Y los que no lo son simplemente se lo creen. Es ya sólo un juego imaginar qué partido habrían hecho Lucas, Kovacic o Asensio si hubieran estado en el equipo de enfrente. O cómo habrían sido los últimos 45 minutos de una eliminatoria que el Madrid pierde en el Bernabéu. Pero nos deja pistas de que hay algo en esa sobreexplotada narrativa que debe de ser verdad. Y es que sólo había un final posible. El Madrid sabía que iba a ganar.

(Foto: FRANCK FIFE/AFP/Getty Images)