El teatro de los sueños

Se cumplían los cuatro minutos de añadido, los jugadores del Manchester United, desquiciados por la derrota, cometían una falta que daba pie al colegiado a entonar con su silbato el final del encuentro, Ben Yedder, hace unos segundo cabizbajo tras el mano a mano perdido con De Gea que suponía un hat-trik histórico para el francés, levantaba la cabeza mirando hacia uno de los video marcadores de la grada de Old Traffor, cual artista contemplando su obra tras ser culminada, mostrando una radiante sonrisa y una emoción desbordante sabiendo que él había sido el protagonista, él había dado alas al Sevilla para cumplir su sueño después de más de cincuenta años y les había dado el pase a cuartos de final.

Tras el comienzo de una gloriosa etapa hace un lustro con la primera de tres victorias consecutivas del título de la Europa League, tras la increíble tanda de penaltis de Beto y Gameiro en el Juventus Stadium,  el Sevilla, por fin, dio ese salto competitivo definitivo, un salto que le otorga el privilegio de encuadrarse entre los ocho mejores equipos del continente.

Mourinho no arriesgó, pero Montella arriesgó y ganó.

El empate a cero de la ida dejaba la eliminatoria en vilo, un solo encuentro decantaría la balanza y Mourinho no arriesgó, como era de esperar, y quiso aprovecharse de la presión y su condición como local para forzar el fallo rival. El Manchester saldría con Fellaini y Matic en el doble pivote que junto con Lukaku confirmaron la intención de no proponer, el objetivo era ganar metros sin jugar cerca del área de De Gea y utilizar el juego directo como principal vía de enlace con la línea ofensiva. Rashford, Alexis y Lingard serían los encargados de responder ante los desajustes que provocaría el juego aéreo en la defensa hispalense, estos recogerían los balones habilitados por las ‘’torres devils’’ para verticalizar, romper la línea defensiva y definir con rapidez y eficacia.

Montella alineó a uno de sus equipos más ofensivos y asociativos, sabía que físicamente no podría establecer una pugna como la del Pizjuán, necesitaba ser menos dominador y asumir su papel secundario, pero ser más resolutivo y eficiente. N’Zonzi y Banega, ambos en el centro del campo, marcaban claramente el carácter de un equipo que pretendía contragolpear con contundencia para que Correa y Muriel/Ben Yedder aprovecharan la clara inferioridad y el déficit defensivo del United cuando este se desplegara en campo contrario.

Lenglet y N’Zonzi dominaron en repliegue.

Lukaku se mostró participativo desde los primeros instantes, mostró su fortaleza y potencia, el plan de Mourinho comenzó a activarse y a crear peligro hasta que Lenglet demostró su fuerte pugna por convertirse en uno de los centrales europeos más dominantes en un futuro cercano. El francés supo leer a la perfección los movimientos de Romelu, le acompañó en cada desmarque, le estorbó en cada duelo aéreo, y muy lejos de sucumbir ante la presión del contexto que planteaba el encuentro mostró una magnifica contundencia y una templanza dentro del área descendiendo así el umbral de peligro inglés cuantitativamente.

N’Zonzi volvió a mostrar una de sus mejores caras, volvió a ser ese mediocentro que es capaz de cambiar partidos y eliminatorias europeas. Steven se escalonó retrasado en el doble pivote con el objetivo de ahogar a Fellaini en el juego directo, el belga caía a ese sector a recibir y doblar para que Valencia o Rashford verticalizaran, y ejercer continuas ayudas a un Escudero que tenía mucho mayor protagonismo e importancia en el sector ofensivo. Con el balón en los pies construía, rompía líneas de pase en conducción o asociándose con Banega y se convirtió en el motor y metrónomo del juego hispalense sabiendo medir cada jugada imprimiéndole el ritmo necesario.

Banega lanzaba, ‘’el Mudo’’ creaba y Correa desequilibraba.

Con el balón en los pies el Sevilla se mostró valiente, quería jugar y proponer, necesitaba asociarse, y Banega se encontró con Franco Vázquez, un socio que en situaciones calientes muestra una frialdad y precisión quirúrgica, y ambos consolidaron el peligro español que iba aumentando según se entraba en los últimos veinte minutos de encuentro. Éver desnaturalizó la función principal de Matic superándole constantemente. Franco enmudeció a una defensa que hacía aguas, buscaba constantemente el encaro, el regate que le permitiese atraer a unos centrales continuamente en desventaja, las subidas de ambos carrileros creaban unos huecos que eran difíciles de corregir, y crear el espacio para descargar con ventaja sobre Correa, Ben Yedder, Muriel o Sarabia.

Quién verdaderamente materializó ese peligro en forma de oportunidades y permitió a sus compañeros creerse el papel protagonista fue Correa. El ataque necesitaba de punch, el equipo necesitaba un jugador autosuficiente que consiguiera crear ocasiones o atisbos de las mismas partiendo a muchos metros de la portería rival y Joaquín lo ofreció constantemente en forma de desequilibrio, encare, diagonales y disparo, apoyado siempre por las peligrosas incorporaciones de Escudero. El Manchester entonces se encontró incómodo, sin ideas, nervioso, y entró Ben Yedder, sustituyendo a un Muriel descontextualizado, para confirmarlo y canalizar eso en forma de goles, más concretamente en un doblete ante el mejor guardamenta del continente que cerraría una de las mejores representaciones que hemos visto desde hace tiempo en el mejor teatro del fútbol europeo, el teatro de los sueños.