Turín, Cristiano y el día de la marmota

Érase una vez un equipo de fútbol. Un equipo de fútbol compuesto por un grupo de futbolistas enormemente superiores a sus pares. Y un grupo de futbolistas que no precisa ser superior desde el colectivo para conquistar tierras extranjeras porque, básicamente, posee unas individualidades que escapan a todo análisis futbolístico. Ganar por dos veces consecutivas la Champions League ha dado algo al Real Madrid que no puede explicarse. Y no puede explicarse porque sencillamente nunca antes había sucedido. En Turín cerró una hora de juego en la que no fue superior a la Juventus en casi ninguna de las facetas del juego pero, como se ha dicho, para el Madrid el colectivo pasa a segundo plano cuando sus figuras emergen. Y a fecha de 2018 posee a una que, aun alejada de su excelencia balompédica, ha alcanzado algo más importante aún. Cristiano Ronaldo se ha fusionado con la Copa de Europa y parece que nadie puede separarlos.

Los planes de ambos entrenadores vieron como los escenarios imaginados cambiaban por completo antes del minuto cinco. El Madrid de Isco saltó a un partido de transiciones y la Juve sin Pjanic encontró más facilidad de la presupuesta.

La semana había traído extensos debates en Juventus y Real Madrid, desde su sistema de juego, hombres elegidos y planteamientos de partido. Sin embargo, por encima de todos estos condicionantes existe uno de mayor certeza y que mira desde arriba a cualquier contexto táctico. Y fue ese condicionante, vestido de una grandeza futbolística legendaria, el que destrozó los planteamientos de Allegri y Zidane a los tres minutos de juego.

El técnico francés había optado por el fútbol control y pausado de su 4-3-1-2 pero nada más comenzar el escenario para el que había sido designado saltó por los aires. Por su parte, una Juve que seguro no habría tenido ninguna prisa por alterar el 0-0 inicial tuvo que tomar mayores responsabilidades con pelota. Las tornas habían cambiado, el Madrid pasó a no tener el balón con un equipo diseñado para él y el cuadro italiano se vio obligado a contrarrestar la baja de la batuta de Pjanic con un fútbol que, sin él, en teoría no tiene. Sin embargo, la estrechez defensiva blanca y la superioridad numérica por fuera permitió a Allegri estar más cerca de Keylor de lo que a priori habría imaginado.

Como se ha dicho, Zinedine apostó por el once de Cardiff y recuperó un rombo que propició sentimientos enfrentados. Isco, desde su posición fetiche, volvió a relucir todo su fútbol y a pesar de no estar brillantísimo fue el principal aval blanco en tres cuartos. Por su parte, Massimiliano formó un 4-2-3-1 con las novedades de Bentancur en el doble pivote junto a Khedira y de Alex Sandro en banda izquierda. La Juve, ante la baja de Pjanic, apostó por abrir al Madrid por fuera para luego castigarlo por dentro. Y a pesar del contundente 0-3, hay que decir que hasta el segundo tanto de Cristiano, los bianconeri no fueron inferiores al Real Madrid. El Madrid atacaba con poso pero tras pérdida los de Turín revolucionaban el ambiente llevando el choque por cauces de ritmo alto comandado por sus extremos y doble pivote y ahí el Madrid sufrió. Si Alex Sandro y Douglas Costa estiraban al rombo a lo ancho, por dentro los descuelgues de Bentancur y el veneno de Dybala a espaldas de Casemiro dañaban al Madrid con frecuencia suficiente como para haber igualado el partido. Solo un extraordinario nivel de Varane a título de concentración defensiva y una actuación de Keylor Navas que merece mención mantuvieron el cero en la meta merengue. La Juve dañó cada grieta que el Madrid del rombo enseña si no roza la excelencia pero ganar al doce veces campeón exige algo más.

El Madrid de Zidane conquistó otro estadio rival sin demasiado brillo y, en ocasiones, hasta sin orden. Y eso, precisamente, lo define todo.

Y, al igual que sucedió en Cardiff, el paso por vestuarios sentó mucho mejor al Madrid que a la Juve y la entrada de Lucas por Benzema lo corroboró. No es la primera vez que el Real termina los partidos infinitamente mejor a como los comienza. Juega varios micropartidos dentro de los noventa minutos y eso es una astilla permanente en la mente de su rival. El Madrid recuperó mayor simetría y ganó trabajo sin pelota pero tuvo que ser de nuevo Cristiano Ronaldo quien volviera a encender la mecha. El Madrid, una vez más, dejó la sensación de que gramo a gramo es infinitamente mejor que cualquier rival y no necesitó ser muy superior a su rival para alzar la voz en Europa. Al igual que sucedió en la ida frente al PSG, a los blancos les bastó un rato “corto” en la segunda mitad para matar a su enemigo. Ese es su nivel de grandeza y si, además, añade a este Ronaldo a la ecuación, hay poco que analizar. A este nivel, el portugués no necesita absolutamente nada para escribir páginas en su historia particular. Que Isco y Carvajal añadieran en Turín una asistencia en sus cuentas personales se explica en base a que fue Cristiano quien recibió ambos pases. Porque muy probablemente ante otros delanteros esos envíos se habrían quedado en eso, en pases, pero nunca en asistencias de gol. Cuando huele la primavera el Madrid europeo florece. Pasó en 2016, repitió en el 2017 y está volviendo a suceder en 2018. Al cuento aún le quedan páginas por leer pero la historia, de momento, no es nueva para nadie.

(Foto: Marco Bertorello/Getty Images)