Un nombre grabado a fuego

“Sí, sufriremos, pero ellos más que nosotros”. Lo decía Zidane previo al partido con rostro serio, pero convencido de sus palabras. Nada más lejos de la realidad, y para sorpresa de muchos, esta vez le tocó sufrir al Real Madrid, algo que no pasaba en dos partidos consecutivos en tierras europeas desde hacía bastante tiempo. Y eso que el técnico francés, desde bien temprano, dejó claro que su prioridad era la de no sufrir. Manteniendo su característica CKM, Isco y Lucas Vázquez entraban para reforzar los costados y resguardar, en la medida de lo posible, las acometidas del equipo muniqués, con lo que eso suponía: la absoluta soledad de un Cristiano Ronaldo que, por primera vez en la presente edición, no logró encontrarse a sí mismo. Pero, pese a todo eso, tocó sufrir. Primero fue James, después Franck.

Jupp Heynckes planteó lo que prácticamente nadie vislumbraba. Hizo caso omiso a la historia reciente, y puso todo su arsenal sobre el terreno de juego, sin importar a lo que se pudiera enfrentar. James Rodríguez, Thomas Müller, Arjen Robben, Franck Ribéry y Robert Lewandowski. Si ayer nos hacíamos eco del apabullante ataque del Liverpool de Jürgen Klopp, el bueno de Jupp no quería quedarse atrás. Con James en la base de la jugada, girando sobre sí, y habilitando siempre en ventaja a sus compañeros, el Madrid no encontraba la manera de presionar, ni de mantener el balón. Ni siquiera la imprevisible baja de Robben consiguió trastocar la tranquilidad bávara. El 4-1-4-1 inicial se tornó en un 4-2-3-1 tan asimétrico como incisivo. Thiago entró para generar desde atrás, James pasó a escorarse en el perfil diestro, y Ribéry encontró el poco espacio que necesitaba. El Bayern focalizaba la gran mayoría de sus ataques por la banda del francés, y Müller cargaba la espalda de Marcelo al segundo palo. Un fiel reflejo de la proposición de la Juve en el Santiago Bernabéu, con el cambio de perfil como única distinción. Y funcionó, tanto que ni el apoyo de Lucas se vio suficiente para parar una actuación de esas que pasarían al recuerdo de haberse dado un resultado diferente. Ironía de la vida, o del fútbol, cuando el Real Madrid comenzaba a encontrarse, fue cuando el Bayern, por el costado contrario, rompió los esquemas. James penaliza como pocos, más en noches así. La partida se decantaba por momentos a favor de las fichas rojas, una y otra vez. Pero recuerden, esto es la Champions League y, por difícil que parezca, hay nombres grabados a fuego en una competición tan especial, complicada y selectiva a la vez. Marcelo, a pesar de muchos, es uno de ellos.

Zidane ajustó en cuanto pudo, Asensio equilibraba el dibujo del Real Madrid y daba un respiro cuando podía correr, pero el Bayern seguía un paso por delante. Con Lewandoski fijando a Varane y Ramos, y Rafinha llegando para no dejar en un dos para uno a su compañero, cada balón que llegaba a los pies de Ribéry generaba una sensación de peligro que nada tenía que envidiar a la de sus mejores tiempos. Incisivo, atrevido y confiado. Y una vez más, insuficiente. Si el nombre de Marcelo, al igual que el de Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos o Luka Modric está grabado a fuego en la competición, el de Marco Asensio no tardará en estarlo. Una sola vez atacó el único resquicio del conjunto bávaro, evidente a la par que poco aprovechado. Ese espacio que tanto había intentado proteger Javi Martínez, y que tan frágil resultó en los pies del número 20.

El Bayern de Múnich fue mejor, Jupp Heynckes interpretó mejor que Zinedine Zidane, y Franck Ribéry destacó sobre el resto; pero esto es la Champions League, y esto es el Real Madrid. No le busquen explicación, porque no la hay. La competición más exigente del planeta está diseñada para los grandes nombres, y el Real Madrid tiene, a día de hoy, a los más grandes.