Argentina y los estados de ánimo

Al fútbol no hay quien lo entienda. A veces resulta ser todo un sinsentido, como escribía Marcel Beltrán hace unas semanas, careciendo de lógica y razón. Hace apenas unos días, Argentina amanecía caída en combate, apática, tras perder la noche anterior frente a Croacia y despedirse, aunque no matemática sí mentalmente, del mundial. Y hoy, la misma Argentina conciliará el sueño pensando en las diabluras de Antoine Griezmann o de Ousmané Dembélé a las que pueden enfrentarse en octavos de final. Podría considerarse algo cercano a una resurrección. Y no estaríamos del todo equivocados. La victoria de Nigeria a Islandia en la segunda jornada les brindó una segunda oportunidad, tal vez tercera ya, y a siete minutos del final del último partido de fase de grupos, el último del torneo un rato antes, la aprovecharon. El héroe esta vez fue Marcos Rojo, un central zurdo que remató una volea con su pierna derecha en posición de delantero centro con la que desatar el llanto de alegría de todo un pais y aupar sobre sus espaldas al mejor jugador del mundo. Cerca del sinsentido todo. El mundial.

Argentina es un equipo con las emociones a flor de piel. Un conjunto al que sólo se le entiende a través de los estados de ánimo. Por ejemplo, ante Nigeria, desde la ansia inicial de quien se ve obligado a aprovechar una segunda oportunidad. Esta traducida, desde un inicio, en la intensidad de los jugadores argentinos en cada balón dividido, en cada choque, que consiguió impedir que Nigeria pudiera apenas desplegarse en ataque. Sin embargo, el factor realmente diferencial fue esta vez Éver Banega que, entrando desde el inicio, se encargó de calmar y controlar que la ansia no se convirtiera en ansiedad desde el interior izquierdo, dotando de la fluidez que carecía el juego argentino y también de la conexión del equipo con Messi -quien esta vez sí apareció más partiendo desde banda derecha- que quedó patente en la acción del primer gol: un excelso pase de Banega buscando al diez, que controló y definió al mismo nivel que la asistencia para materializar las buenas sensaciones argentinas en el marcador. Por un momento pareció que Argentina empezaba a disfrutar en el torneo, que todo iba sobre ruedas. Ángel Di María parecía salirse con la suya a la hora de encarar y driblar, Banega conectaba a sus compañeros y Messi aparecía, estrellaba un balón al palo de falta y filtraba otro de peligroso en el área a la carrera de Higuaín. Sin embargo, tratándose de un mundial, de este mundial, en particular, no todo iba a ser tan idílico y aún había tiempo a un par de cambios en el guion del partido.

El fútbol es un deporte repleto de golpes anímicos, de hecho, a veces se entiende mejor un partido a través de ellos que de la calidad de los propios futbolistas. Por ello no es extraño que el gol de Victor Moses desde el punto de penalti a los cinco minutos de empezar el segundo tiempo desterrara completamente todo ápice de la distensión vista en el primer tiempo en el combinado argentino, que avistaba, otra vez, el acercamiento de una nueva catástrofe. Una más. A partir de aquí, con el 1-1, reapareció en la albiceleste la apatía de quien pierde por segunda vez toda esperanza, también los nervios y la ansiedad de quien ve cerca su muerte, y todo desencadenó en un nuevo partido en el que los jugadores argentinos volvían a fallar, en el que Messi desaparecía y en el que el combinado de Nigeria asomaba cada vez más en el frente de ataque, aupado en parte por la felicidad del gol y su consiguiente inspiración, seguramente reflejada en el regate de Musa -que terminó en una gran atajada de Armani- a Mascherano, quien naufragó por el mediocampo en todo el segundo tiempo.

Tras el gol, Argentina sumó una pieza con la que desbordar en el frente de ataque, donde Messi acusó abandonar la banda derecha en debe de perderse por el centro de las dos líneas de cuatro de la defensa nigeriana, con la entrada de Pavón por Enzo Pérez, sin embargo, no fue suficiente para un combinado argentino que continuaba igual de errático desde que se diera el 1-1, incapaz, además, de crear cualquier jugada con la que poder disparar a puerta. Mientras tanto, con el paso de los minutos, la ansiedad argentina se acrecentaba y Sampaoli no pudo más que, tras apostar por Meza en lugar de Di María minutos antes, arrojarlo todo cambiando a Tagliafico por el Kun Agüero buscando un último gol heroico. Y por cosas del fútbol, llegó gracias a Marcos Rojo, en posición de delantero centro, rematando una volea con su pierna derecha. Quién lo diría. Cerca del sinsentido, pero… qué más dará mientras sirva para estar en un mundial.

Argentina ha vivido desde que empezó el torneo al borde del abismo. Ha estado en muchos momentos a centímetros de caer en él, sin embargo, parece que aún logra mantenerse en pie, a pesar de todo. Ni ella sabe cómo. Las sensaciones no son buenas, ni demasiado esperanzadoras, sin embargo, Argentina es un constante estado de ánimo y quién sabe qué puede deparar de ellos la euforia de quien se cree muerto y puede levantarse al día siguiente como si nada de la cama.

FOTO: elcomercio.pe