Al son de Modric

En Sochi, una ciudad no muy acostumbrada al fútbol y su cultura, se daba pie a una noche mundialista histórica, independientemente del ganador. Rusia se vería por primera vez en las semifinales de una cita mundialista, para más inri lo hacían como locales y después de haberse cargado en cuartos a una potencia europea como la española, y Croacia quería igualar la gesta de la otra generación de oro nacional (Boban, Suker y compañía) llegando a unas semifinales desde aquellas en 1998 ante precisamente Francia, la anfitriona.

Cherchesov sorprendió con un planteamiento más atrevido en la presión y Dalic quiso cargar el ataque.

Los rusos plantearon un partido con bases meramente defensivas y con el contragolpe como principal arma ofensiva, pero no asentaron sobre el campo un repliegue completo. Cherchesov formaría con un 4-2-3-1 en el que cada línea tenía un desempeño y una función concreta para ahogar los principales motores y armas se Croacia, la pareja entre Modric y Rakitic. De esta manera salió al campo con tres premisas:

  1. Una línea ofensiva, con la incorporación de Cheryshev, que ejerciera una presión elevada y adelantada bastantes metros con el objetivo de forzar el pelotazo de Subasic al no encontrar salida en corto, o por lo contrario conseguir el robo a pocos metros de la portería rival para así reactivar un contragolpe más dañino.

  2. Lo más importante y clave, el centro del campo, principalmente la pareja de pivotes compuesta por Zobnin y Kuzyaev, ejercieran una jaula y un pseudo marcaje individual a Modric, en especial, formando la incomodidad del MC croata y su situación incómoda con y sin balón. En resumen, se quería desdibujar el caudal de pases croata para ahogar su ofensiva.

  3. Línea defensiva con esa solidez característica, con poco espacio entre hombres para controlar el espacio aéreo y a pocos metros de la portería para no encontrase con inferioridad ante la superioridad atlética de los delanteros croatas.

A Dalic todo esto le pilló por sorpresa, él como todos planteó un encuentro con la idea de dominar en campo contrario y buscando subsanar el inconveniente que encontró España en octavos: poder establecer una posesión vertical, rápida y profunda. Para que esto se cumpliese abandonó al pivote que solía establecer el 4-3-3 tipo, de encuentro anteriores, para sumar a un “9 móvil” como es el caso de Kramaric, con él combinándose con Rebic y Mandzukic ¿Qué podía salir mal?

Croacia dominó de forma estéril y Dzyuba abrió las posibilidades rusas.

Ante este contexto del encuentro, Croacia se veía aislada ante las conexiones frustradas entre su centro del campo y su ofensiva. Modric y Rakitic no tenían capacidad de crear, tenían que bajar muchos metros para interactuar con balón, no encontraban líneas de pase para aparecer entre líneas o desmarcarse y caían en la soledad. Los rusos se sentían cómodos, y con confianza, y la figura de Dzyuba aparecía una y otra vez victoriosa en todos los duelos directos ante Lovren y Vida.

Los de Cherchesov recuperaban con facilidad y se encomendaban al tanque del Arsenal de Tula para encontrar constantes variantes al contragolpe. Dzyuba recibía con facilidad los balones aéreos, los bajaba de espaldas arrastrando a ambos centrales croatas y sacándolos de su zona de actuación, Cheryshev-Golovin-Samedov doblaban a este y el ariete como pivote les habilitaba constantemente de balones. El trabajo y el “fútbol tradicional” se estaban merendando al fútbol técnico y “moderno” de los balcánicos, y forzaron la prórroga por segundo partido consecutivo gracias a un justo empate a uno.

Dalic dio entrada a Brozovic y Modric consiguió brillar.

La prórroga trajo consigo el cambio táctico fundamental de Zlatko Dalic. La entrada de Brozovic facilitaba la vuelta al sistema 4-3-3, situaba un jugador que asumía mayores capacidades defensivas y principalmente favorecían un contexto en el que por fin Modric, también a causa de que la presión rusa fuera bajando gradualmente con el paso de los minutos, consiguiera la libertad necesaria para instalarse entre líneas y asociarse de una manera más directa y efectiva con los hombres de arriba.

Subió el estado competitivo de los balcánicos gracias a la actividad superdotada de Luka en el centro del campo, incluso consiguieron adelantarse antes del final de la prórroga, pero el empuje y la épica que ha acompañado a Rusia durante todo el campeonato le otorgó una última oportunidad, la de los penaltis. Las fuerzas se igualaban, pero el duelo individual entre dos de los mejores “para penaltis” del campeonato se lo llevaría Subasic, de nuevo, y por fin la historia premiaría a la nueva generación dorada balcánica, la de los niños de la guerra que con esa ilusión infantil buscan hacer historia y abrazar el Mundial bajo la batuta de uno de los mejores MC de la historia, el mago Luka Modric.