Inglaterra, ¿esta vez sí?

La fotografía de Jordan Pickford instantes después de atajarle a Uribe el quinto penalti de la tanda lo resume todo bastante bien. Por un lado, la mirada perdida del fallo, del sentimiento de querer volver atrás y borrarlo todo; por el otro, el grito de rabia de quien se desquita de todas sus losas. De su maldición. En este caso, la de todo un país. Las tandas de penalti. Aquellas que han eliminado a la selección inglesa en seis de las siete ocasiones a las que han tenido el deber, incluso el miedo y pesar, de afrontarlas. Su otro y hasta hoy último triunfo desde los once metros fue ante España en la Eurocopa del 96′, donde en la siguiente eliminatoria caerían ante Alemania, obviamente, desde el mismo fatídico punto de penal. Es tal la losa que acarreaba la selección inglesa que, a ojos de este mundial, no resulta repetitivo ni descabellado preguntarse la siempre ansiada pregunta… ¿y si esta vez sí? ¿Y si Inglaterra llega a unas semifinales del Mundial más de 50 años después?

La fotografía de Pickford lo resume todo bastante bien. Por un lado, la mirada perdida del fallo, del sentimiento de querer volver atrás y borrarlo todo; por el otro, el grito de rabia de quien se desquita de todas sus losas.

Antes, la propia Inglaterra y Colombia nos brindaron un partido en el que reinó, por encima de cualquier otra cosa, la igualdad y, con ella, las defensas. Ya desde el inicio y ante la baja de James Rodríguez, Pekerman apostó por un centro del campo mucho más rocoso del que venía disfrutando la selección colombiana en el torneo con Lerma, Carlos Sánchez y Wílmar Barrios. Todo un indicio de lo que nos depararía el primer tiempo: un partido de ritmo lento en el que los ataques apenas pudieron crear ante las defensas del rival. Primero lo intentó Inglaterra con un atrevido primer cuarto de hora de juego que, sin embargo, se evaporaría los minutos posteriores ante la reacción colombiana que, no obstante, nunca transmitió gran sensación de peligro. La circulación de ambas selecciones fue lenta y apenas sorprendió al rival. Inglaterra, por su parte, no supo nunca cómo aprovechar los espacios que dejaba Yerry Mina en cuanto perseguía a Sterling y Colombia no consiguió conectar tan a menudo como quisiera con Quintero, aquel jugador con el que poder romper el partido, y Falcao se veía siempre en inferioridad ante los tres centrales ingleses. ¿El resultado de todo ello? Un 0-0 al descanso con una clara conclusión: todo gol estaba supeditado a un error. O a una genialidad que, según que casos, es lo mismo.

El primer tiempo nos dejó una conclusión: todo gol estaba supeditado a un error. O a una genialidad que, según que casos, es lo mismo. Y, en el segundo tiempo, sucedió.

Y, en el segundo tiempo, llegó. En un saque de esquina, dónde si no. Carlos Sánchez se equivocó a la hora de agarrar a Harry Kane y derribarlo dentro del área, es decir, de hacerle penalti. El delantero inglés no falló en su posterior ejecución y abrió un nuevo partido en el que hubo, durante gran parte de la segunda parte, el miedo de que se perdiera en trifulcas, faltas a destiempo y quejas. La tensión del todo y la nada de la Copa del Mundo en cada centímetro del campo. Mientras tanto, el partido aprovechó para alocarse, deshacerse de cualquier dominio y entrar en un breve ida y vuelta que, con el paso de los minutos, consiguió controlar Colombia volcando el campo hacia la portería inglesa. Pekérman deshizo su apuesta inicial y dio entrada, primero, a Bacca y posteriormente a Uribe en busca de un tanto que les permitiese seguir vivos. Por su parte, Southgate buscó en el cambio de Eric Dier por un desaparecido Dele Alli justo lo contrario: terminar de cubrir cualquier resquicio donde pudiera colarse la selección colombiana. Y finalmente, en el descuento, loca Copa del Mundo, no lo consiguió: Yerry Mina -¿quién si no?- remataba en el área un nuevo saque de esquina para enviar el partido a la prórroga. Colombia aún se mantenía en pie.

Un gol en el descuento no deja de ser un golpe anímico terrible. Tanto para bien, como para mal. Y el tanto de Yerry Mina no fue distinto. Sin él, es difícil explicar el guion que siguió la prórroga, fácilmente divisible en dos actos. En el primero, Colombia tuvo el control y el dominio y exhibió estar un punto por encima, tanto en lo físico como en los psicológico, de los ingleses. En el segundo, una vez reparado el golpe del empate, hubo un intercambio de papeles. Inglaterra tomó la iniciativa y decidió querer zanjar el partido antes de llegar a su particular maldición: la tanda de penaltis. Sin embargo, a pesar de su dominio, no logró nunca evitarlo, dejando una vez más su destino a la mal llamada suerte de los penaltis. ¿El resultado? Todo resumido en la imagen que ilustra, al inicio, la crónica.

Inglaterra respira aliviada. Perdió su billete en el momento más inoportuno y lo recuperó en el que nunca creyó encontrar la suerte suficiente. Una vez superado este eslabón, el combinado de Southgate no puede más que encarar el futuro con optimismo y, ciertamente, una respiración calmada, prometedora. Aún están a tiempo de repetir la historia de la Eurocopa de 1996, pero vuelve a estar en su mano el poder decir: sí, esta vez sí.

FOTO: Mediotiempo.com