Cuando el corazón puede a la razón

“En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón”. Si atendemos a las palabras de un filósofo como  Friedrich Nietzsche, estaremos más próximos a entender el poder del corazón. De que la locura no siempre es negativa si de cordura se rodea y de que dependiendo del contexto, es incluso necesaria.

Inglaterra y Croacia se enfrentaban en la segunda semifinal del campeonato del mundo que tiene lugar en Rusia durante este 2018. Un torneo cargado de emoción, de sorpresas y de alma.

Inglaterra llegaba al partido con sensaciones positivas y sobre todo, un físico más intacto que el de su rival. Tras una eliminatoria de cuartos de final asequible frente a Suecia (vencieron por dos goles) los pupilos de Gareth Southgate tenían la ilusión por las nubes. Con un juego vistoso y claro durante la fase de grupos, los ingleses eran una sorpresa más por los años que llevaban sin convencer en fases finales que por su estilo de juego. Jugadores con roles muy marcados y una mentalidad de equipo en cada uno de ellos, provocaron que Inglaterra llegase a las semifinales tan sólo sufriendo ante Colombia y haciendo del balón parado un auténtico peligro.

Sin embargo, los croatas aterrizaban en el partido con más dudas y cansancio. Los octavos y los cuartos de final supusieron para los croatas dos prórrogas agotadoras física y mentalmente hablando. Su resolución no se decantó hasta los penaltis y gracias a la sangre fría y a un imbatible Subasic, lograron clasificarse con mucho esfuerzo, sudor y lágrimas. Su juego no mostró una gran regularidad, pero supieron manejarse bien en las distintas fases de los encuentros.

Un partido de locos con un guión inesperado, en el que la locura se impuso a la cordura y a cualquier entramado defensivo.

Y llegaba el partido. La ya esperada cuenta atrás se iniciaba y como si de un guión de película con final inesperado se tratase, el balón comenzaba a rodar. Y sin apenas tiempo a abrir los ojos, la selección inglesa se encontró con una falta al borde del área croata. Era el minuto 4 y Trippier, lanzador ‘honoris causa’ de los que hoy vestían de blanco, golpeó de manera que cuatrocientos adjetivos podrían ponerse a su disparo y ninguno sería negativo. Fuerte, rápido, imparable, portentoso… el caso es que el esférico entró sin darle la posibilidad a Subasic ni de lucirse en la estirada para las cámaras y los aficionados británicos, entre gritos de euforia, parecían susurrarse bajito y al oído eso de ‘tócala otra vez Kieran’. El espíritu de ‘Sir’ David Beckham se mostró en su figura.

Hasta 9 de los 12 tantos de Inglaterra durante este mundial se produjeron a balón parado, dato que habla muy bien de la estrategia pero algo mal de la falta de fluidez en el juego en movimiento.

Desde entonces el partido se puso en bandeja para los ingleses. Con la ventaja en su poder de manera muy temprana, la estrategia estaba clara. Se echaron 2 o 3, incluso 4 pasos hacia atrás y dejaron que Croacia llevase la iniciativa. Pero no fue tan sencillo todo como se puede pintar.

En las salidas en corto de Croacia, ellos presionaban de manera intensa con Sterling a la cabeza. Pero una vez conseguían que la pelota rompiese una línea la orden estaba clara y recular era una obligación. Ante la mínima duda, una defensa que parecía no tener debilidades despejaba el balón hacia arriba en busca de que Kane la prolongase y Sterling corriese en los espacios que estaba dejando una valiente selección balcánica. Papel fundamental en este aspecto fue el de los centrales croatas. Vida y Lovren, que en algún momento se vieron sorprendidos por los atacantes británicos, mostraron carácter y contundencia. Jugaron con el alma de todo su país agarrada en la mano y se compenetraron a la perfección.

El papel defensivo de Inglaterra estaba siendo de libro. Cerraron el espacio a Modric completamente hasta el punto de pasar desapercibido durante toda la primera parte. Los balones que tocaba eran para generar posesiones inertes y sin peligro, más centradas en continuar jugadas estáticas que en ocasionar problemas. Ese trabajo que le quitaron al jugador del Real Madrid se lo ofrecieron a Ivan Rakitic. El centrocampista del F.C Barcelona estuvo buena parte del encuentro sobreexpuesto. Su trabajo englobaba desde iniciar posesiones, hasta a robar balones en la presión y ante un desaparecido Brozovic, el medio del campo se vio muy solitario y confuso, tanto que se estaba hiriendo a sí mismo.

Los jugadores clave en Croacia estaban anulados. Modric y Rakitic se encontraron sobrepasados por la buena defensa inglesa durante la primera parte.

En consecuencia, los atacantes croatas no podían aparecer. El más activo de los tres fue Rebic, sin duda una de las sorpresas positivas de este mundial. El delantero peleó y luchó, sabiendo que quizás la primera parte debía acabar así para que la segunda pudiese iniciar de otra manera. Las ocasiones llegaban desde los centros por banda, pero eran asistencias inocentes que la defensa inglesa desbarataba sin problemas.

Los jugadores entrenados por Southgate dominaban sin balón y a las contras. De hecho, Kane dispuso de alguna ocasión manifiesta de gol que finalmente no encontró portería.

Sin un gran juego, los aventajados en el marcador provocaron, con su juego simple y defensivo, que la desesperación croata impulsase el reloj, haciendo muy rápido el paso de la primera parte. Lo más destacado fue el papel de Henderson. Un papel de actor secundario, de los que no se ven tanto pero que si lo observas detenidamente te das cuenta de que algo grande estaba haciendo. Su tarea como ‘jugador-escoba’ anulando a dos de los cracks croatas estaba siendo descomunal. Generalmente con un movimiento pendular, basculaba de derecha a izquierda o viceversa para equilibrar todos los espacios.

Era entonces cuando la primera parte llegaba a su fin y para entonces, el guión del encuentro nunca volvería a ser el mismo.

La segunda parte de esta historia de locura. Las dudas comenzaban a verse en pequeñas dosis en el combinado que hoy vestía de blanco. La defensa ya no estaba tan bien conjuntada como en el primer acto y los espacios parecían con mayor asiduidad. Esto permitía a Modric y a Rakitic romper líneas con mayor facilidad, provocando que la importancia en el juego no fuese hacia los laterales croatas y si hacia el medio del campo.

Y precisamente, rondando el minuto 70 de partido, apareció el nombre que cambiaría el encuentro. Ivan Perisic surgió como los buenos protagonistas: en pocas escenas pero con una determinación crucial en la historia. En esa primera aparición elevó su espuela por encima de Walker y del mundo entero para anticiparse a un gran centro desde el costado derecho, batiendo a Pickford e igualando el partido.

El gol croata fue clave para entender el encuentro. El carácter balcánico se impuso al sistema rígido y simple inglés, en el que el juego directo se malentendió, interpretando mal el timing.

A partir de entonces el guión cambió. El corazón croata pudo con la razón inglesa y su locura llena de alma y carácter balcánico, sobrepasaron a los ingleses. El cansancio y las dos prórrogas anteriores desaparecieron en la mente de los pupilos de Dalic y su dominio en la última fase del encuentro fue emocionante y apasionante para cualquier aficionado al fútbol.

El repliegue británico ya  no estaba sirviendo ni siendo efectivo, entre otras cosas porque llegaban tarde a la defensa de los jugadores determinantes. Modric apareció por fin y Rakitic no tenía tanto trabajo general y sí más específico. Los fallos de la defensa inglesa eran constantes, casi en cadena, y los nervios se notaban de manera excesiva. Esto llenó de confianza al combinado balcánico que vio su oportunidad en el encuentro.

Entonces, supo jugar de manera inteligente, pausando el ritmo cuando debía hacerlo y acelerando con Mandzukić como lanza del ataque. Su trabajo de desgaste se comprobó en esta fase del encuentro, en la que sería vital.

Con los noventa minutos terminados se llegaba a la prórroga y la tónica no cambiaba. Los croatas siguieron dominando el encuentro ante una Inglaterra falta de argumento ofensivo y defensivo. Eran contadas las ocasiones en las que Kane, Sterling o Lingard podían combianr con claridad en alguna posesión.

Pero los dos protagonistas croatas de este último tramo volvieron a aparecer. Perisic luchó un balón por alto que acabó venciendo y transformando en una asistencia para Mandzukić. El nuevo compañero de Cristiano Ronaldo en la Juventus, se adelantó a los centrales británicos para poner el definitivo 1 a 2 y clasificar así a Croacia para la final del Mundial de Rusia 2018.

Un partido loco, que se acabó llevando quien apostó por embarcarse en ese viaje tan apasionado y que el que más defendió a la razón, terminó por golpearse fuertemente contra el suelo. Al contrario de cómo suele pasar en la vida, aquí el arriesgado venció, en una lección de coraje, carácter y determinación.

Los croatas se enfrentarán a Francia en una final inesperada, que es un premio para unos futbolistas balcánicos que acumularán tres prórrogas en la piernas pero que lucharán por cada uno de los corazones y de las almas de sus compatriotas.

FOTOGRAFÍA: AS.COM