La España más segura también fue la más previsible

España ya está eliminada. No era evacuada en los octavos de final de un Mundial desde 2006. En aquel campeonato ganó los tres partidos de la fase de grupos, frente a un solo triunfo en 2018. Así, la peor actuación ya se remontaría a 1998. No superó la fase de grupos. No ha pasado nada que deba extrañar. Y una tanda de penaltis acertada ante Rusia, tras un 1-1 en 120 minutos, no hubiera cambiado ni las fortalezas ni las debilidades de este equipo. Una España que se va de Rusia sin encontrarse. Sin ser competitiva. Su mejor juego en el Mundial estuvo salpicado de fragilidad y hoy, cuando se mostró más segura y protegida ante cualquier contra rival, también fue más previsible que nunca.

A Hierro se le quedó una manta cortísima. Nunca sabremos cómo de larga habría sido con Lopetegui. Porque en el balance de la participación de España no se puede sustraer lo que pasó solo 48 horas antes del debut, el despido de Julen. Lo vició todo, como es normal. Dos años de trabajo eran licuados a dos días de jugar. El talento existe y abunda. Y no es suficiente. Este trance reivindica la figura de los entrenadores. A España no le faltó ninguna revolución, le sobró improvisación. Hierro, protagonista circunstancial, solo pudo recoger los apuntes de Julen. Otra cosa era escribir nuevas páginas. La diferencia se notó en la dirección de campo, muy cautelosa. Aunque lo cierto es que Hierro sí se atrevió a intervenir más desde los onces. Lo hizo ante Irán, dándole más peso a la derecha con Carvajal y Lucas Vázquez. Y lo hizo ante Rusia. España sufría mucho en las transiciones defensivas. “Este no es el camino”, confesó Hierro tras el empate ante Marruecos. En esa búsqueda de equilibrio dio paso a Nacho y Koke. También a Asensio, por Iniesta. Cherchesov también ajustó su once. Retrocedió en su libreto y recuperó los tres centrales. Así jugó en el amistoso de noviembre (3-3). Salió del equipo Cheryshev, aunque no faltaron Zobnin, Golovin o Dzyuba, otros jugadores capitales.

En el balance no se puede sustraer el despido de Lopetegui: no faltó revolución, sobró improvisación

A partir de ahí el partido no sorprendió. Rusia replegaba a la espera de contragolpear con Golovin y Dzyuba y España tocaba con calma. Se inclinó muy pronto a la izquierda, con Alba y un Isco hiperactivo. Ya entonces se veía falta de verticalidad, de desborde. El requisito quedó en suspenso cuando Asensio sacó una falta lateral al segundo palo. Ahí atacó Ramos, marcado por un Ignashevich patoso y que acabó por marcar en propia puerta. El gol no tuvo efecto en el plan de cada equipo. En ventaja, España priorizaba la seguridad. Tras la pérdida, Koke fue un eficaz elemento para controlar las transiciones defensivas. Con balón, el equipo pausaba el partido. No importaba, o no lo parecía, la falta de profundidad. Rusia perdía, pero no se decidió a subir el bloque y adelantar su línea de presión. De ese modo, tampoco era fácil generar ocasiones aunque ese fuera el empeño. Era difícil atravesar su 5+3. La defensa y los medios, tan juntos, envasan al vacío el espacio que les separaban. España, sin prisas, seguía silbando con las manos en los bolsillos.

Entonces llegó el primer susto de Rusia. Cómo no, fue a partir del juego directo a Dzyuba, que ganó ante Ramos la pelota. Acabó recibiendo Golovin, que con sutileza rozó el poste de De Gea. Siguió la estela Rusia, que forzó un córner y, en ese envío, Piqué cometió penalti por mano. Dzyuba lo transformó. Rusia no desaprovechó su mejor momento, con la grada ganando temperatura. El mismo juego español ya no valía. Las necesidades ya eran otras. Un 71% de posesión generó tres disparos. Y ningún córner. Aquella posesión defensiva no fue a conveniencia, sino por impotencia. Tras el descanso se constató.

Rodrigo aportó en una sola jugada toda la rapidez, verticalidad y desborde que no tenía España

Nunca es fácil abrir a un rival cerrado, pero España puso poco de su parte para ello. Careció de movilidad y capacidad de sorpresa. Nadie entraba desde segunda línea. Nadie tiraba desde fuera del área. Era el papel de Asensio. Por eso, o al menos en parte, entró y permaneció. Pero solo chutó una vez, ya en la prórroga. España tampoco daba amplitud a su juego ni velocidad a la elaboración para castigar, sin ritmo y empachada de balón. Rusia vivía cómoda atrás, sin ningún riesgo, mientras se oxigenaba a base de cambios. Ya había hecho tres cuando entró Iniesta. Enseguida le siguió Carvajal. Fue Aspas, con movimientos ágiles y oportunos, el que refrescó el ataque. Una cesión suya dejó la pelota a Iniesta. Chutó desde la frontal y se estiró bien Akinfeev. No hubo opción para mucho más. Aspas seguía siendo el jugador que dinamizaba una posesión monótona que tampoco Iniesta podía mejorar. El cuarto cambio, el adicional de la prórroga, pudo ser el mejor. Rodrigo hizo la jugada de la tarde. Dejó pasar la pelota, corrió al área, quebró y Akinfeev evitó el gol. En esa acción eléctrica hubo toda la rapidez, verticalidad y desborde que no tenía una España que no rompía el Busquets-Koke.

Y llegó la tanda. Podía ser la catarsis para el cuestionado De Gea. Uno se acordaba de la tanda ante República de Irlanda, en los octavos de 2002. Pero no fue tampoco el momento de David. Pudo parar dos penaltis, pero le faltó poco. No le faltó nada a Akinfeev, que sí paró otros dos. La gloria fue para él y para una Rusia imprevista. Existía el temor de que fuera la peor anfitriona de la historia y ya está en cuartos. Sale España sí del Mundial. E Iniesta. Ahora hay decepción y frustración. Pero no parece buena idea alimentar un dramatismo más propio de la decadencia. España ha vivido unas circunstancias excepcionales. Traumáticas. Este Mundial no es parte de una línea argumental más larga. Es autoconclusivo. El modelo no es sospechoso y los jugadores no escasean. A España no le falta una revolución. Solo le falta normalidad.

 

(FOTO: Kirill Kudryavtsev – AFP)